
El asesinato
El profesor de matemáticas tenía tres disparos muy evidentes. Uno sobre el corazón, otro en mitad del pecho y el tercero en el estómago. La sangre manaba en abundancia con cada latido. Se encontraron con sus ojos.
—Hola… chicos… —habló de forma muy débil.
Ellos siguieron mudos. Estaban petrificados.
—Tenía que ser… un… juego… —trató de sonreír el hombre—, y ya… veis… Tosió, y el dolor tuvo que ser tan agudo que se dobló sobre sí mismo en un estertor agónico. Un hilo de sangre apareció ahora por la comisura de sus labios.
—¿Qué le ha… pasado? —balbuceó en un soplo Adela.
—Me ha… dis… parado.
—¿Quién? —Mi ase… sino. —¿Pero quién? Felipe Romero volvió a esbozar una sonrisa. —Chicos… chicos… —gimió—, es vuestra… oportu… nidad… —¿De qué está hablando? —se estremeció Luc. El malherido trató de reencontrar un poco de calma por entre su escasa vida. —He preparado las… pruebas… —dijo—. Ya está todo… listo y a… a punto. Venía a decíroslo y entonces… —¿Qué? ¿Qué? —lo apremió Nico al ver que cerraba los ojos como si fuera a morirse. —Ha aparecido y me ha disparado y… Dios, es extraño… Había elegido a… a esa persona al azar… y resulta que ha sido… ha sido… ella. Preci… sa… mente… ella. —¿Pero quién es esa persona? —gritó Luc. Felipe Romero movió la cabeza horizontalmente. —Tendréis que… averi… guarlo… vosotros.

Descripción. Haz clic para editar.

Descripción. Haz clic para editar.

Descripción. Haz clic para editar.
